Aquí no queda nadie.

Han pasado las horas de las voces gritando mi nombre inventado.

¿Quiénes somos?

Desvanecidos en el instante último a los pies del callejón

como gotas que coagulan sobre el calor del asfalto

escupe el cielo garabatos naranjas.

La memoria es un cadáver desganado

devorado por rebaños de mariposas.

Existe un delirio turbio en las leyes de los espejos,

reptiles que arden veloces cosidos a su sombra.

La medida del tiempo se parece al parpadeo de un tubo fluorescente

a la gravedad de los rayos que abrillantan sueños en habitaciones negras.

Y en medio de ese vértigo que siega las gargantas,

sucede todo con el sentido de cambiar las cosas de sitio.

He venido a enterrarme los ojos

al lugar donde nacen los pliegues del polvo.

Alguien imaginó estos dedos

plantar destellos en la corteza fértil

de un secreto entre paréntesis.

Flores de plástico crecen a través de las uñas

esquivando el hueco deshidratado del ruido.

Detrás de la puerta

suena la tierra al chasquido

del principio y final del día.

Es una tarde cualquiera girando

bajo un desguace de carne enlatada

y alguien imagina estos dedos

que han venido a enterrarme los ojos.

 

Elena L.a

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